Cuando regrese el Rey, ¿qué encontrará en nosotros?

Cuando regrese el Rey, ¿qué encontrará en nosotros?

Una vida preparada, fiel y compasiva mientras esperamos a Jesús

Cuando regrese el Rey, ¿qué encontrará en nosotros?

Cuando regrese el Rey · Mateo 25:31–46 Antes de caminar hacia la cruz, Jesús nos muestra su trono y nos invita a examinar cómo estamos viviendo mientras esperamos su regreso.

Querida familia de Iglesia Vida Nueva, hablar de la venida de Jesús no es solamente mirar hacia el futuro. Es permitir que esa esperanza transforme nuestras decisiones, nuestras prioridades y nuestra manera de tratar a los demás. El Rey que volverá en gloria nos llama hoy a vivir bajo su autoridad y a mostrar su amor con hechos.

En Mateo encontramos un amplio recorrido de enseñanzas sobre el reino de los cielos: el trigo y la cizaña (Mateo 13:24–30), el grano de mostaza (Mateo 13:31–32), la levadura (Mateo 13:33), el tesoro escondido (Mateo 13:44), la perla de gran precio (Mateo 13:45–46), la red (Mateo 13:47–50), el siervo que no perdonó (Mateo 18:23–35), los obreros de la viña (Mateo 20:1–16), el banquete de bodas (Mateo 22:1–14), las diez vírgenes (Mateo 25:1–13) y los talentos (Mateo 25:14–30). Estas enseñanzas nos ayudan a comprender tanto el valor del reino como nuestra respuesta al Rey.

En los mensajes anteriores de esta serie, la lámpara encendida nos recordó la necesidad de estar preparados, y las manos trabajando nos llamaron a administrar fielmente lo recibido. Ahora, la escena de las ovejas y los cabritos completa la progresión de Mateo 25:

  • Una vida preparada: mantente en comunión con el Señor.
  • Una vida fiel: administra lo que él te ha confiado.
  • Una vida compasiva: permite que su amor se convierta en acciones.

Jesús está con sus discípulos en el Monte de los Olivos. Ha respondido a sus preguntas sobre el futuro, su venida y el fin del siglo, y les ha enseñado a permanecer fieles en medio de tiempos difíciles. Ahora, al cerrar este discurso, presenta al Hijo del Hombre sentado en su trono, con todas las naciones reunidas delante de él.

Lo extraordinario es que Jesús anuncia su gloria cuando está a punto de sufrir. Inmediatamente después, en Mateo 26:1–2, hablará de su entrega para ser crucificado. Esta es la última enseñanza de su último gran discurso en Mateo antes del relato de la pasión, aunque seguirá enseñando durante los acontecimientos posteriores. El que habla de un trono pronto llevará una cruz; el que juzgará al mundo está a punto de ser juzgado por los hombres. Sus discípulos necesitan comprender que la cruz no significa el fracaso de su reino, y que el sufrimiento no tendrá la última palabra sobre quienes le pertenecen.

01 · Autoridad El Rey viene: vivamos bajo su gobierno

«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; entonces apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda.»

Mateo 25:31–33

Jesús no está hablando de un futuro incierto. Conoce lo que viene y sabe hacia dónde va la historia. El Maestro al que siguen sus discípulos es también el Rey ante quien las naciones tendrán que responder. Nadie podrá esconderse detrás de una posición, una apariencia o una reputación.

La expresión «Hijo del Hombre» nos lleva a Daniel 7:13–14, donde alguien semejante a un hijo de hombre recibe dominio, gloria y un reino permanente. Al describirse sentado en su trono, Jesús anuncia la grandeza de su reinado. Su autoridad será manifestada, su justicia será ejercida, su pueblo será vindicado y su reino permanecerá.

Esta certeza cambia nuestra manera de mirar el presente. A veces parece que quienes hacen el mal avanzan sin consecuencias, mientras quienes obedecen a Dios llevan la parte más difícil. La fidelidad puede costar mucho, especialmente cuando nadie reconoce el sacrificio de hacer lo correcto. Pero todavía no hemos visto el desenlace de la historia. La injusticia será puesta delante de Cristo, la fidelidad escondida es conocida por él y el sufrimiento de sus hijos no está fuera de su mirada.

La imagen del pastor que separa también recuerda Ezequiel 34. Allí Dios denuncia a los pastores que se alimentan a sí mismos mientras descuidan el rebaño, y confronta a quienes maltratan a las ovejas débiles. Él promete buscar, cuidar, rescatar y juzgar. El cuidado y la justicia están unidos en el corazón de Dios. Precisamente porque ama a sus ovejas, toma en serio lo que se hace con ellas.

La esperanza debe entrar en nuestra vida diaria

Para la iglesia, esta enseñanza trae consuelo y responsabilidad. Podemos descansar en el cuidado del Señor, pero también debemos obedecerlo. Interesarnos en las señales del fin no sustituye nuestra respuesta a lo que Jesús nos pide hoy. De poco sirve discutir acontecimientos futuros si dejamos desordenadas nuestras relaciones, nuestros hábitos y nuestras prioridades.

  • En nuestras decisiones: busquemos su voluntad, no solamente nuestra conveniencia.
  • En nuestras relaciones: estemos dispuestos a perdonar, pedir perdón y decir la verdad.
  • En nuestros recursos: reconozcamos que lo recibido también puede servir a otros.
  • En nuestra conducta privada: obedezcamos aun cuando nadie nos observa.

Si creemos que Jesús viene a reinar, debemos aprender a obedecerlo hoy. Esto no significa que nunca lloraremos o que entenderemos todo lo que sucede. Significa que nuestra vida sigue en las manos de un Rey fiel. En medio de una prueba podemos orar: «Señor, no entiendo todo lo que estoy viviendo, pero quiero seguir obedeciéndote dentro de esta situación».

02 · Dignidad El Rey se identifica con los pequeños

«Entonces el Rey dirá a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y fuisteis a verme.” Entonces los justos le responderán diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos, o desnudo y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Respondiendo el Rey, les dirá: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.”»

Mateo 25:34–40

Después de presentar su gloria, Jesús dirige nuestra atención al hambre, la sed, la falta de ropa, la condición del extranjero, la enfermedad y la prisión. La escena pasa del trono del Rey a las necesidades de los pequeños. La sorpresa está en esa relación: Jesús toma personalmente el trato dado a sus hermanos.

¿Quiénes son sus hermanos más pequeños?

Algunos intérpretes entienden que Jesús se refiere a todos los necesitados. Otros consideran que habla especialmente de sus discípulos vulnerables, incluidos quienes sufren por llevar su evangelio. Esta segunda lectura encuentra apoyo en Mateo 10:40–42 y 12:49–50, donde Jesús relaciona recibir a sus enviados con recibirlo a él, y llama hermanos a quienes hacen la voluntad de su Padre.

Tomaremos como referencia principal a esos discípulos vulnerables. Al mismo tiempo, el mandato de amar al prójimo extiende nuestra responsabilidad más allá de la congregación. Cuidar a la familia de la fe debe enseñarnos a amar mejor, nunca a cerrar el corazón a los demás.

Las acciones que Jesús menciona son concretas: alimentar, dar de beber, acoger, vestir, visitar y acompañar. No son simples expresiones de simpatía. Son respuestas que alivian necesidades reales y reconocen la dignidad de quien sufre.

El hermano que ya no puede servir como antes sigue siendo precioso. La persona que necesita ayuda tiene algo más profundo que una necesidad: tiene dignidad. El creyente que sufre por su fe sigue perteneciendo a una familia. El discípulo que parece olvidado por todos sigue siendo conocido por Cristo. La capacidad de una persona para contribuir no determina su valor delante de Jesús.

Esta verdad confronta nuestra tendencia a prestar atención a quienes nos agradan, nos benefician o pueden abrirnos una puerta. Servir a alguien que no puede recompensarnos revela nuestras motivaciones. Los justos del pasaje se sorprenden al descubrir la relación entre sus acciones y el Rey: habían atendido a personas necesitadas sin comprender toda la importancia de lo que hacían. Su respuesta nos invita a amar con sinceridad, sin convertir el servicio en una estrategia para obtener reconocimiento.

De la buena intención a la presencia cercana

Imaginemos una situación que podría ocurrir en cualquier congregación: un hermano lleva varias semanas ausente porque cuida a un familiar enfermo. Está agotado, preocupado y quizá bajo presión económica. Alguien supone que el pastor ya lo llamó; otro piensa que su grupo lo está ayudando. Pasan los días y nadie se acerca. No hubo necesariamente un rechazo abierto, sino una responsabilidad que todos imaginaron que alguien más asumiría.

Una llamada puede romper ese silencio. Una comida preparada puede aliviar una tarea. Una visita acordada puede ofrecer compañía, y una ayuda práctica puede darle espacio para descansar. No siempre podremos resolver el problema, pero sí comunicar: «Tu dolor nos importa y queremos acompañarte». El amor se vuelve visible cuando alguien deja de cargar solo con su sufrimiento.

Como iglesia pentecostal, anhelamos la presencia del Espíritu Santo. Pedimos que nos llene, nos guíe, sane y transforme vidas. Esa expectativa debe incluir nuestra disposición a responder a las necesidades que él pone delante de nosotros:

  • Oremos por sanidad y acompañemos al enfermo.
  • Oremos por provisión y estemos dispuestos a compartir.
  • Oremos por fortaleza y sostengamos al cansado.
  • Oremos por unidad y acerquémonos al que se siente excluido.
  • Oremos por las misiones y apoyemos a quienes llevan el evangelio.

La oración y el servicio caminan juntos. No todos tenemos los mismos recursos, fuerzas u oportunidades. Una persona podrá ayudar económicamente; otra podrá escuchar, cocinar, transportar, visitar o acompañar. La respuesta comienza con una disposición sincera: «Señor, muéstrame qué puedo hacer con lo que me has dado».

Para que esta enseñanza no se quede en una emoción, concretemos cuatro cosas: un nombre, una necesidad, una acción y un momento. Identifiquemos a quién acercarnos, escuchemos lo que está viviendo, definamos una ayuda posible y decidamos cuándo ofrecerla.

03 · Respuesta El Rey tomará en serio el amor que omitimos

«Entonces dirá también a los de la izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.” Entonces también ellos le responderán diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te servimos?” Entonces les responderá diciendo: “De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.” Irán estos al castigo eterno y los justos a la vida eterna.»

Mateo 25:41–46

La segunda parte del pasaje tiene un tono solemne. Jesús no solo confronta el daño que alguien pudo haber causado, sino también el amor que dejó de practicar. Nuestro examen espiritual debe incluir lo que hacemos con las oportunidades de obedecer y servir que Dios pone delante de nosotros.

Hay una diferencia importante entre no poder responder a una necesidad y decidir que el sufrimiento de otra persona no nos importa. No podemos resolver todos los problemas. Tampoco cada llamada olvidada o cada oportunidad perdida constituye una sentencia sobre nuestro destino eterno. Todos tenemos límites y necesitamos crecer. Sin embargo, una indiferencia persistente no es un asunto pequeño.

La dureza puede crecer lentamente. Primero posponemos una necesidad; después encontramos razones para mantener la distancia; con el tiempo dejamos de preguntar, hasta que el dolor ajeno casi no nos mueve. Expresiones como «Seguramente alguien más lo ayudará» o «No quiero complicarme la vida» deben alertarnos cuando se convierten en nuestra manera habitual de responder.

Una agenda llena no demuestra por sí sola una vida obediente. Podemos estar ocupados, incluso en actividades religiosas, y perder de vista a las personas. El Señor nos llama a examinar si estamos protegiendo nuestra comodidad a costa de nuestra sensibilidad.

La gracia nos salva y transforma nuestra respuesta

Esto plantea una pregunta necesaria: ¿enseña Jesús que podemos ganar la salvación mediante obras de caridad? Efesios 2:8–10 nos ayuda a relacionar la gracia, la fe y las obras. Somos salvados por gracia mediante la fe; la salvación es un regalo de Dios. A la vez, somos creados en Cristo para buenas obras. La gracia que nos recibe nos llama a una vida transformada.

  • La gracia es el regalo de Dios.
  • La fe recibe y confía en Cristo.
  • La obediencia expresa nuestra respuesta a él.
  • Las buenas obras hacen visible el amor que está formando en nosotros.

En Mateo 25, el reino se recibe como herencia. Al mismo tiempo, Jesús da un peso real a las acciones de misericordia. Debemos escuchar ambas verdades con seriedad: no servimos para comprar el amor de Dios; servimos porque su amor está transformando nuestra vida.

Afirmar que amamos a Jesús mientras nos acomodamos al abandono de sus hermanos exige un examen sincero. La respuesta apropiada no es buscar excusas, sino volver al Señor. El arrepentimiento puede comenzar al reconocer que hemos cerrado el corazón, confesar que hemos usado nuestras ocupaciones para justificar la distancia, pedir una sensibilidad renovada y responder a una necesidad que ya conocemos.

El final del pasaje habla de vida eterna y castigo eterno. Jesús presenta consecuencias definitivas, y no debemos suavizar su advertencia. Su enseñanza nos llama a responder con humildad y urgencia. Hoy estamos escuchando su voz; hoy podemos arrepentirnos y volver a él.

Una espera que se convierte en amor

Volvamos a mirar a Jesús: acaba de describir su trono y ahora camina hacia la cruz. El Rey que reclama misericordia está dispuesto a entregar su propia vida. Su llamado al amor viene de quien conocerá el abandono, la violencia y la humillación por nosotros.

Por eso necesitamos más que la intención de ser mejores. Necesitamos su perdón, su gracia y la obra de su Espíritu. Que él cambie nuestra manera de mirar, corrija nuestras prioridades, sane nuestra dureza y nos enseñe a obedecer con amor.

Mientras esperamos su regreso, tenemos personas a quienes amar: hermanos cansados, familias bajo presión, enfermos que necesitan compañía y discípulos que necesitan ánimo para seguir fieles. También hay personas fuera de nuestra congregación que necesitan experimentar, por medio de nosotros, la bondad que hemos recibido de Dios. Nuestra respuesta puede comenzar esta semana con una conversación pendiente, una visita acordada, una ayuda compartida o un hermano a quien volvamos a buscar.

  • Porque el Rey viene, viviré bajo su autoridad.
  • Porque el Rey se identifica con los pequeños, aprenderé a reconocer su valor.
  • Porque el Rey conoce mi respuesta, convertiré mi amor en acciones.

Para reflexionar esta semana

  1. ¿Qué decisión, relación o hábito necesito rendir a la autoridad de Jesús mientras espero su regreso?
  2. ¿A qué persona vulnerable puedo acercarme esta semana, qué necesita y cuándo le ofreceré una ayuda concreta?
  3. ¿Qué excusa ha debilitado mi compasión y qué paso de arrepentimiento y obediencia daré para dejarla atrás?

Iglesia Vida Nueva, pidamos al Señor una vida preparada, fiel y compasiva. Señor Jesús, creemos que volverás en gloria y reconocemos tu autoridad sobre nuestra vida. Perdona las veces que hemos pasado de largo y hemos cerrado el corazón. Espíritu Santo, despierta nuestra compasión; muéstranos a quién acercarnos y qué debemos hacer. Danos humildad para obedecer, sensibilidad para escuchar y generosidad para compartir. Que nuestra espera esté llena de fe, fidelidad y amor. Cuando venga el Rey, que encuentre una iglesia que aprendió a amar bajo su gobierno. Amén.


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